Define el equilibrio dinámico que se establece entre las partículas en suspensión —principalmente proteínas y polisacáridos— dentro del vino, creando una red invisible que otorga al paladar una sensación de volumen y tracción.
Esta geometría es responsable de la elegancia en boca, permitiendo que la estructura del vino se sostenga con una verticalidad precisa, evitando la dispersión sensorial incluso tras años de guarda en botella.
