Se refiere a la capacidad de un recipiente de crianza, generalmente de piedra, cerámica o madera de gran formato, para mantener una temperatura interna constante frente a las oscilaciones térmicas del entorno. Esta inercia minimiza el estrés metabólico del vino durante su evolución en bodega.
Al evitar picos de temperatura, la inercia termo-lítica favorece una polimerización tánica suave y constante, dotando al vino de una elegancia y una redondez difíciles de conseguir en entornos con variaciones térmicas pronunciadas.
