Metodología de análisis sensorial y químico que evalúa la complejidad estructural de un vino mediante la medición de la distribución y el tamaño de las cadenas de polímeros tánicos. A diferencia de la simple cuantificación, esta técnica analiza la relación entre los taninos de la piel, la pulpa y la semilla.
Permite al enólogo entender el potencial de longevidad y la calidad táctil de un vino, definiendo si la estructura presentada es apta para un consumo inmediato o si requiere de un proceso adicional de estabilización y crianza para alcanzar un equilibrio óptimo en la boca.
