Se refiere a la capacidad estructural intrínseca de una baya para proteger sus antocianos frente a la oxidación prematura tras procesos de estrés hídrico extremo.
Un estudio de esta morfología permite al enólogo predecir con exactitud el nivel de taninos hidrolizables que serán cedidos durante la fermentación, determinando así la arquitectura final del esqueleto del vino en boca.
