Concepto enológico que describe la interacción armónica entre los minerales del suelo y la estructura tánica del vino durante su crianza. Se refiere a cómo la composición geológica del terruño —ya sea caliza, pizarra o granito— modula la percepción de la salinidad y la textura táctil del vino en el paladar.
Un vino con una fuerte orquestación lítica presenta una mineralidad profunda que actúa como esqueleto estructural, elevando la percepción de elegancia y otorgando una vibrancia única que sostiene el cuerpo del vino sin necesidad de una gran carga de madera.
