Concepto que define la percepción tridimensional de la mineralidad en un vino, particularmente aquellos procedentes de suelos calizos o volcánicos. No se limita al sabor salado, sino a la sensación de firmeza y estructura que la acidez mineral proporciona en el centro de la lengua.
Esta geometría se manifiesta como un arco de tensión que recorre el paladar, manteniendo los elementos frutales en suspenso y permitiendo que el vino se perciba más largo, preciso y con una vibración nerviosa que le confiere una identidad única y geográfica.
